¡Saludos a todos!
Qué escena la de hoy. En medio del enorme lago, la noche más profunda y una tormenta peligrosa de esas que se forman de golpe en el Mar de Galilea.
En un abrir y cerrar de ojos, las posibilidades de sobrevivir se reducen a la nada. Pero justo en ese momento:
"Cuando sus corazones estuvieron subyugados, apagada su ambición no santa y en humildad oraron pidiendo ayuda, les fue concedida" (pág. 225, dcha.)
Las tormentas en nuestra vida surgen en muchas ocasiones igual de repentinamente como lo hacían en el Mar de Galilea. De repente, ahí están, inevitables.
Pero ahí está la promesa: "Los ojos de Jehová están sobre los justos, Y atentos sus oídos al clamor de ellos" (Salmo 34:15)
Que siempre llevemos este texto en nuestro corazón cuando los nubarrones nos abrumen y los truenos empiecen a retumbar en nuestro caminar.
J.M. Fustero
domingo, 9 de agosto de 2009
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